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jueves, 10 de septiembre de 2026

De los escombros a la modernidad

DE LOS ESCOMBROS A LA MODERNIDAD


Por: AROLDO DE JESUS ​​​​AMAYA CHAVERRA

La tragedia vivida tras el devastador sismo que azotó con fuerza al occidente colombiano ha dejado al descubierto una realidad que el país no puede seguir ignorando bajo las capas de la indolencia estatal.

El departamento del Chocó se encuentra en carne viva, con las heridas expuestas, kilómetros de damnificados y una infraestructura social que ya era precaria antes de que la tierra temblara. La emergencia humanitaria actual es inmensa. Sin embargo, en medio del dolor y la desesperanza que se respira en las calles de Quibdó, su capital, y en los rincones del Atrato y del San Juan, surge una ventana histórica que no se puede desperdiciar: la crisis actual debe convertirse en el punto de inflexión definitivo para saldar la deuda social e histórica que Colombia tiene con este departamento.

El aislamiento ha sido, históricamente, la mayor condena para la región. La falta de vías principales, la precariedad de los servicios de salud, el déficit crónico de vivienda digna y la ausencia de una conectividad eficiente han mantenido a sus habitantes marginados de las dinámicas del desarrollo nacional. Los indicadores de pobreza monetaria, que superan con creces los medios del país, no son fruto del azar, sino el resultado de décadas de promesas incumplidas. Hoy, la naturaleza ha sacudido violentamente los cimientos de la región, pero también ha despertado la modorra institucional, obligando a poner los ojos de la nación entera sobre el territorio.

Las promesas de movilización de recursos por parte del Gobierno nacional, la cooperación internacional, las fundaciones y el sector privado —quienes han anunciado paquetes de inversión histórica superiores al billón de pesos enfocados en infraestructura, conectividad vial y la recuperación de espacios vitales como el malecón de Quibdó— demuestran que existe una ruta posible. No obstante, el gran peligro de emergencias de esta magnitud radica en que la solidaridad inicial se apaga tan pronto como disminuye la atención de los medios de comunicación.

Aprovechar esta crisis significa entender que reconstruir no es simplemente devolver las cosas al estado ruinoso en el que se encontraban antes del temblor. Reconstruir implica transformar. Significar edificar escuelas sismoresistentes y dotadas de tecnología, estructurar un sistema de salud robusto, pavimentar de una vez por todas las arterias viales que conectan al Chocó con el interior del país y el Eje Cafetero, y apostar por proyectos productivos y turísticos sostenibles que generen empleo formal para los jóvenes, arrebatándolos así de las garras de la ilegalidad.

El Chocó posee una riqueza cultural y ambiental incalculable, además de una posición geoestratégica vital. Este es el momento en que la gerencia pública, la veeduría ciudadana y el empresariado nacional deben engranarse con total transparencia para ejecutar cada peso, sin permitir que la corrupción se interponga en el futuro de millas de familias. La tragedia no debe traducirse solo en luto; tiene que convertirse en el doloroso nacimiento del Chocó moderno, conectado y próspero que sus ciudadanos han esperado durante siglos, desde los tiempos de la primera república.

Ningún pueblo o nación, desde la antigüedad hasta nuestros días, ha logrado progresar ni salir del atraso sin la construcción de obras de infraestructura que conectan su territorio y dinamizan su economía. Los puertos, las vías, la energía y los acueductos son los cimientos materiales de la civilización y el bienestar. Sin embargo, en el Chocó, el Estado ha fallado históricamente en proveerlos, negando sistemáticamente a su población el derecho elemental al desarrollo. 

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