jueves, 18 de mayo de 2017

Hablemos de RACISMO y DISCRINACIÓN RACIAL. Día 18. Mes de la afrocolombianidad

Hablemos de Racismo y Discriminación Racial
Maura Nasly Mosquera M.

Utilizaré extractos del informe La Persistencia y mutación del racismo[1] para realizar este comentario. En el prefacio, Robert Archer señala que definir el racismo y la discriminación racial de una manera precisa y relevante es extremadamente difícil y que no existe un acuerdo absoluto sobre cómo hacerlo. También es difícil nombrar con precisión, de manera general, a los grupos que padecen discriminación racial y por lo tanto, en el informe se procuró evitar un enfoque jurídico o técnico. Como punto de referencia se eligió la definición que proporciona la Convención Internacional sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Racial (1965), artículo 1:
toda distinción, exclusión, restricción o preferencia basada en
motivos de raza, color, linaje u origen nacional o étnico que tenga
por objeto o por resultado anular o menoscabar el reconocimiento,
goce o ejercicio, en condiciones de igualdad, de los derechos
humanos y libertades fundamentales en las esferas política,
económica, social, cultural o en cualquier otra esfera de la vida
pública.

También el informe reconoce que la fuerza de esta definición se encuentra en su amplitud. Abarca distinciones basadas en raza o color así como distinciones basadas en linaje y origen nacional o étnico. Cubre también las medidas que tengan por objeto causar desigualdad y las medidas que (deliberadamente o no) producen un efecto desigual en los derechos y libertades de los individuos y grupos afectados.

La definición no satisface todas las necesidades y no goza de aceptación universal. Algunos la consideran demasiado amplia. No abarca la discriminación por motivos de género (si bien, ésta queda cubierta hasta cierto punto en la Convención sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer, de 1979), y ha creado problemas porque permite que los Estados distingan entre ciudadanos y no ciudadanos (artículo 1.2). A medida que surgen nuevas cuestiones, inevitablemente se debate si están o no comprendidas en definiciones ya acordadas. Así, aunque el papel que desempeña es vital, la Convención no abarca todos los aspectos que habría que considerar.
Me sumo a la afirmación que la raza es una cuestión política porque una ideología racial o racista la ha convertido en tal. El racismo creó y mantuvo las distinciones relevantes de raza de las que dependía la discriminación social y económica de las sociedades. Es una fabricación social que creó y seguidamente justificó las constantes de desigualdad y discriminación. De igual forma, existe una relación directa entre teorías e ideologías racistas (y las políticas y prácticas que se fundamentan en ellas) y los sistemas económicos que dependen de la explotación de grupos desfavorecidos.

Así pues, el racismo tiene tres elementos: (i) es una visión de la sociedad compuesta de grupos intrínsecamente diferentes; (ii) incluye la creencia de que estos grupos diferentes son desiguales por naturaleza –bastante a menudo fundamentada en una interpretación darwiniana de la historia–; y (iii) da forma y manipula estas ideas en un programa de acción política. La combinación de estos tres elementos es lo que da fuerza al racismo. Con frecuencia existe un consenso social que impide que se admita el racismo. El uso de eufemismos está asociado con esta forma de negación. Términos como ‘etnicidad’ y ‘tribal’ pueden apropiarse (mal) para negar u ocultar el racismo. Términos como ‘trabajador migratorio’, ‘Estado huésped’, ‘inmigrante reciente’, incluso ‘minoría étnica’ refuerzan los estereotipos u ocultan la verdadera dinámica en juego.
Otra racionalización similar de la negación es la que se centra sólo en la igualdad jurídica o en la igualdad de oportunidades, con independencia de si pueden o no alcanzarse esos ideales en las circunstancias existentes. Al rendir cuentas ante las Naciones Unidas sobre la aplicación de la Convención contra el Racismo, unos treinta Estados afirmaron que en sus países “no había racismo” y muchos de ellos fundamentaban esta aseveración en sus constituciones y leyes que proclamaban el ideal de igualdad o prohibían la discriminación. Sin embargo, es evidente que ni la declaración formal de igualdad ni la prohibición formal del racismo o de la discriminación racial erradicarán por sí solas el racismo, de la misma manera que la prohibición de otros delitos no produce un comportamiento universal de respeto a la ley. Es la falta de aplicación de la legislación existente la que es parcialmente responsable de que persista el comportamiento que afirma prohibir.

Por ‘racismo estructural’ se entienden las formas de racismo y de discriminación institucionalizadas, más que individuales, generadas por la manera de funcionar de las instituciones sociales y económicas. En el mundo empresarial, en la administración pública local, en los sistemas de enseñanza, la discriminación se produce a través de mecanismos sutiles en los que a menudo el racismo es difícil de detectar, es indirecto o es “imposible de probar”.
Las personas que sufren racismo responden de diversas maneras. Algunas comunidades internalizan los valores del sistema que las oprime. Una respuesta muy diferente a la discriminación racial es la de contenerse. Las personas optan, a menudo sin gran convencimiento, por vivir dentro de los límites y expectativas de la sociedad que los circunda. Un ejemplo de esta respuesta puede verse en la manera en que el deporte se ha convertido en el campo en el que los negros destacan. Es el camino del éxito y una forma de estereotipo.

Algunas personas responden a la opresión racial creando una identidad de grupo diferenciada y poderosa, que declaran y proyectan públicamente. Las personas que padecen discriminación racial tienen que investirse de poder para superarla, pero exagerar la identidad puede llevar al esencialismo étnico, en el que los miembros del grupo aceptan responsabilidad moral sólo por los suyos. Una postura filosófica de este tipo fomenta una fracturación de la sociedad en grupos competidores que tienen dificultades para resolver problemas comunes y que pueden incluso perpetuar las actitudes racistas. El victimismo puede llevar a los que padecen opresión a culpar de todos sus males a los que los oprimen y a no asumir sus propias responsabilidades. Dicho esto, es en el racismo – y no en sus víctimas – donde reside el problema. Es pernicioso culpar a las víctimas, de quienes ya se espera que se comporten de una forma desinteresada y generosa con aquéllos que han abusado de ellas y discriminado en su contra.

La ley es un poderoso instrumento para proteger y ampliar los derechos. En muchos países, las leyes antidiscriminatorias llevan varias décadas en vigor. Sin embargo, el racismo, en sus numerosas formas, persiste. En muchos lugares, un grupo dominante es capaz de confinar a un grupo subordinado en espacios definidos que confieren también beneficios inferiores. Es obvio que la ley no ha producido un cambio de actitud. Es necesario hacer algo más. Hay que descubrir las estrategias que han tenido éxito. Es necesario aplicar la ley y procedimientos punitivos efectivos contra las autoridades estatales que permiten o cometen discriminación racial, o demuestran racismo. Y, en este sentido, es imprescindible mejorar la actuación de las fuerzas de policía.

Para cambiar actitudes es necesario educar y concienciar al público, pero es evidente que esto tampoco será suficiente. En muchos casos, el racismo es una respuesta racional para defender privilegios. La educación por sí misma no cambiará el conflicto de intereses que lo hace funcionar y reproducirse. En algunos casos, no puede producirse un cambio positivo sin reformas económicas y sin contar con nuevos recursos económicos. En otros, se requerirán estrategias distintas y más imaginativas para destruir los estratos de negación que causan que unos grupos hostiguen a otros o ignoren sus necesidades.
Para erradicar el racismo en su seno, las sociedades tendrán que volverse más justas económicamente, rendir más cuentas políticamente y ser más responsables social y culturalmente; y estos cambios deberán producirse a nivel mundial. Cierto es que se trata de un desafío ingente, pero también lo fueron la esclavitud, la segregación racial, el nazismo y el apartheid.

Uno de los temas centrales dentro del proceso de la III Conferencia Mundial contra el Racismo (Durban 2001) fue la violencia contra la mujer basada en el origen étnico o la raza como el ejemplo más reconocible de  discriminación interseccional. Hasta época muy reciente, el cruce de la discriminación por motivo de género y la discriminación racial y sus consecuencias no había sido objeto de consideración detallada. Los problemas se categorizaban como manifestación de una de las dos formas de discriminación, pero no como de ambas. Con ese enfoque no se lograba analizar el fenómeno en todo su alcance, lo que hacía que los remedios fueran ineficaces o inadecuados. Se recomendó que durante la Conferencia Mundial se pusiera el acento en las cuestiones de género y la discriminación sobre la base del género, especialmente la amenaza múltiple que se produce en la encrucijada entre género, clase social, raza y origen étnico.

¡Revisemos este resumen para analizar nuestro contexto actual y los desafíos!

[1] http://www.ichrp.org/es/proyectos/112 Consejo Internacional para Estudios de Derechos Humanos. La persistencia y mutación del racismo. 2000.

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